Volutas pasajeras


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martes, 11 de mayo de 2010

El socavón que cabamos juntos pero desenterramos separados

Sentiste la humildad empapada de rencor.
Sentiste la humanidad a flor de piel.
Sentiste las preferencias más alejadas de la realidad posible.
Te sentistes tentada a abandonar aquel espiral de negrura.
Sentiste devorar el tiempo.
Sentiste como las manecillas marcaban una hora que querías devolver al pasado.
Sentiste como un arrebato rompía tus esquemas y de lo injusta que es la vida.
Sentiste tus lágrimas recorrer al saber la verdad, aquella que nos impacta con totalidad.



Sentiste perderte sobre tus pasos.
Sentiste arrancarte la sombra.
Sentiste la profundidad de los instantes y la importancia de las cosas.
Sentiste la soledad.
Espero que sientas mis palabras.




Con los brazos en cruz, deteniendo cualquier otra caída.

Yu. Tejido con un hilo de por medio #1.0

domingo, 9 de mayo de 2010

Pues yo no lo siento

Odio cuando me dicen que lo sienten.

Que has suspendido un examen. "Oh, lo siento. Ya verás como en el próximo lo harás mejor."
Que no te dejan ir de vacaciones con tus amigos en verano. "Lo siento, tío. Tus viejos son unos capullos."
Que se ha muerto alguien muy apegado a ti. "Lo siento, de veras. Te doy mi pésame."

¿Qué sientes? ¿Sientes mi enfurecimiento, mi impotencia, mi desagrado, mi dolor, mi ni-yo-lo-sé?

Prefiero que me den un abrazo antes de que lo sientan. Es mucho más alentador y certero y mucho menos punzante y fallido.




Lo siento mucho pero yo no lo siento.

Yu. Tejido en contra de éste mundo #1.1

jueves, 6 de mayo de 2010

A la luz del sol

Nos espían. Lo oyes, lo notas en todas partes. Cada mirada de soslayo, cada rostro atestado de preguntas. No sé qué encuentran tan raro. Debe de ser que no saben qué es el amor.

Mírame. Ya sólo importa eso. El roce de nuestros labios es el único sonido que nos invade. Tu mano saludando a mi piel, mi sonrisa aflorando sin querer. Bésame. Hazlo otra vez. Es como si fueses la gran sequía para mis lágrimas. Y lo sabes. Y me vuelves a besar.



La decisión es nuestra. El cariño nos asalta y la soledad se va por patas. El miedo se esconde tras las aisladas miradas de los extraños y a nosotros... sí, cariño, nos da igual.

Las sombras rehuyen con el fulgor del día y se esconden con recelo en todas las personas que, asombradas, callan y niegan con la cabeza.

Ya no te averguenzas, ¿verdad?, ya no, no a la luz del sol.




Somos hermosas criaturas. Todas diferentes pero a la vez todas iguales.

Yu. Tejido a besos #1.2

miércoles, 5 de mayo de 2010

Cuervo

Cuervo tamborileaba una canción con un par de dedos sobre la mesa de clase. Esa hora se le antojaba interminable. Había intercambiado miradas a su reloj de pulsera como una treintena de veces, pero la manecilla tenía ganas de jugar; incluso le había parecido que retrocedía un par de minutos cuando él se despistaba.

Tenía un mal día. De esos que aunque quieras apartarlos se te echan encima como una araña a su presa. Era una buena comparación, una gran telaraña que se esparcía en todas direcciones. Muchas, muchísimas direcciones.

No tenía ganas de darle más vueltas a todo eso, así que se dedicaba a pasar el rato como podía. Intentaba distraerse con cualquier cosa, ya fuese dibujando, tarareando una melodía o contando los chicles que lograban no desengancharse del techo.



Su clase no era más que otra pirámide alimenticia. Estaban los devoradores, pequeños narcicistas que creían reinar sobre el resto; los modernos, un grupo que se alimentaba a base de nueva tecnología y estudiaban con móviles, reproductores de música y agendas electrónicas; los naturales; los que a simple vista parecían normales y luego criticaban más que todo el instituto entero; los "Que te jodan", una banda muy simpática que conversaban con monosílabos y sus nudillos; el grupo de chiquillas modélicas y las que las secundaban; los cerebritos; los comechicles y los soñadores empedernidos como él.
Se dejaba muchas variedades más, pero que importaba, si siempre sería lo mismo.

Su cabeza ardía más que la mismísima lava. La cuotidianidad era una constante. Pero mucho peor era que esa constante desencadenase en un gran volcán.

- ¿Quién me puede contestar a la pregunta? -una vez más, la profesora demostraba el ímpetu día tras día, pues la clase no era más que un parque infantil de dicesiéis años. - Venga, Cuervo, respóndeme tú -parecía más una súplica que una obligación.

Un par de imbéciles se divertían tirándole la goma a la sien y riéndose como cerdos.
El móvil comenzó a vibrarle con mayor intensidad. Le llamaba su madre, de nuevo. Que pesada, no la iba a perdonar, estaba cansado de lidiar una batalla continua con ella.
A lo lejos, una chica que tenía más pinta de palillo que de persona le guiñó el ojo con complicidad.
Sí, la había ayudado hacía un par de horas a resolver sus grandes problemas. Aquellos que relacionaban la mierda de vida y el suicidio con la ignorancia de un chico que la hacía flotar.

Cuervo se puso en pie. Su collar se balanceó por unos segundos y las plumas negras le causaron un leve cosquilleo.
- Que le jodan.

Toda la clase se quedó muda. Era la primera vez que el silencio llegaba a escucharse con tanta nitidez. Cuervo había hecho un prodigio, había conseguido domar a las fieras y había demostrado que con la impertinencia no se consigue nada.

- ¿Cómo, he escuchado bien? -quizás los profesores fuesen idiotas a la hora de enseñar y saber como bregar con los alumnos, pero cuando los ofendías era harina de otro costal.

- Me refería al mundo, no a usted.

- ¿Y esperas que me lo trague? -se acercó dibutativa. Nunca la había visto de ese modo.

- ¡Pues escúpalo! -gritó uno de la última fila. La clase rio sin gracia.

Cuervo inhaló una bocanada de aire y cambió su mirada. Parecía decidido a no parapetarse detrás del miedo.

- Mire señora Plim, a usted le toman el pelo cada día y la llevan por el camino que quieran. Necesita personalidad, algo de dureza y algun que otro sueño por el que luchar. No creo que le entusiasme el hecho de estar impartiendo clase a una veintenta de animales. El libre albedrío de esta clase se asemeja al caos del exterior. Aquí todo el mundo va de algo que no es e intenta por todos los medios encajar para ser reconocido en una etapa más de sus inútiles vidas. Y los únicos que intentamos ser nosotros mismos se nos aplaca de tal manera que acabemos convertidos en esclavos de ellos mismos, otros esclavos aún mayores que nosotros de la misma sociedad. A mí no me va a amedrentar con una sucia mirada y algo de pavor. Y vosotros no me vais a transformar en algo más que mierda. Le ha tocado escuchar el discursillo a usted, y se que luego, inmediatamente, seré expulsado un par de semanas, pero almenos habré sido lo suficiente valiente como para decir que ser diferente es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Ahogó un suspiro y cerró con un portazo la puerta de clase. Durante las semanas que fue expulsado, el silencio que había creado en aquellos minutos duró en todas las clases de la señora Plim.

Cuervo no había cambiado el mundo, pero había aportado al mundo un pequeño cambio.




Yu. Tejido en contra de éste mundo #1.0

jueves, 29 de abril de 2010

Ni siquiera un adjetivo

- Si pudieses definirme en una sola palabra, ¿cuál sería?

- Espejo.

- ¿Espejo? Si ni siquiera es un adjetivo.

- Lo sé, pero haz la prueba y ya verás como no se te ocurre otra palabra para describirte. Coge un espejo y mírate en él -lamió la comisura de sus labios-. Sí, yo también me quedé con la boca abierta.




Quisiera nadar en plata

Yu. Tejido sin modestia #1.2

viernes, 23 de abril de 2010

No quiero rosas que me hagan sangrar

Deambula por las calles absorbiendo las sonrisas placenteras y las pequeñas valentías. Cada uno con su rosa, perfilando dos manos entrelazadas y acercamientos sutiles. Choques de labios y pronunciaciones de amor. Que bonito es este día... que negro es el dolor.

Saúl había creído posible que este día, almenos, fuese algo mejor. Algo menos gris.

Los efluvios de perfumes y las gratas sonrisas que circulan como monedas de tránsito no paran de ir y venir. Todos en sus cabezas tienen pétalos de flor y palabras decididas a plantarse delante de una chica. Hoy es un día singular. Cada año pasa lo mismo, su día, el día de las letras, el día de la imaginación desbordada, el día de saborear las páginas.

Y el día le ha enseñado que puede mentir como el más precoz.

Saúl se siente roto por dentro. Cree que en cualquier momento puede partirse por la mitad y convertirse en ceniza. Piensa que el mundo se le va a venir abajo y que el sol no va a salir jamás. Pero Saúl ya ha vivido esto, Saúl ya ha sentido la pesadumbre y el agujero negro consumiéndolo. Pero no puede evitarlo, pues Saúl es así.



Un gran ramo de rosas blancas se asoma en el portal lateral.
- Buenos días, chiquillo -asoma un viejo vecino del barrio con una sonrisa ilusionada, parecida a la que debería de tener él en este día... si no fuese por todo lo demás-. Pareces pocho, amigo. Con las chicas hay que tener tacto, si no, mírame a mí. Una rosa no basta para satisfacer a la mujer más bella. Hay que comprender que es imposible hacerlas feliz con solo ese gesto.

Saúl, con la cabeza gacha, agranda los hombros y los deja caer.
- Si tan siquiera fuese eso... -levanta la mirada y se topa con las espinas de las rosas que ya se marchan.

El señor se va con apremio, parece tener prisa para darle una bonita sorpresa a su mujer. Y que sólo sea eso, una sorpresa sin ningún veneno adentro.

- Como los envidio, a todos. Parecen tan felices, tan alejados de los problemas... como si lo demás no importase, como si les hubieran pegado con cola la sonrisa en la cara. ¿Algún día seré capaz de emularlos?

Saúl recorre las escaleras hasta llegar al 2A, allí es donde vive. Sacude los pies sin meticulosidades y lanza las botas en direcciones opuestas. Grita el nombre de sus padres aunque ya sabe que nadie contestará. Porque ya no están, almenos uno de ellos, y con él, se ha fugado la vitalidad de la otra persona.

Cae derrotado en su cama, estirando los brazos y mortificando sus piernas. Comienza a temblar y se acaricia los brazos, para calmarse. Nada consigue sosegarlo... es demasiado tarde, ya ni pétalos ni libros. Nada sabe devolverle la sonrisa. Vuelven los días hastiados.

Comienza a llorar, impotente. ¿Dónde se fueron sus amigos, dónde quedó el sentimiento de cariño? Ya no sabe dónde buscar, ya está harto de perder lo encontrado. No sabe suturar el desgasto, no sabe ni por dónde empezar a tejer el quemazón que le provoca el mundo. Cada pisada, cada mirada mordaz, cada silencio que lo encarcela en un despiadado país del olvido.

Malditas sean las espinas que penetraron en el corazón.




Pobres rosas rojas. Destilan sangre y se marchitan pidiendo el amor.

Yu. Tejido hecho jirones #1.4

Retazos del ayer

Retazos del ayer